| TESTIMONIO
DE UNA MADRE |
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No sé por qué un día la naturaleza caprichosa se empeñó en jugar con nosotros. Podía haber encontrado otros elementos. Pero no. Se empeñó en enredarnos. Todo lo habíamos planeado, con entusiasmo de jóvenes, abiertos, con ganas de estrenar una vida llena de posibilidades, de ilusiones, de aspiraciones. Esta personita, fruto de amor y proyectos, era afortunada. Seguro que nosotros lo íbamos a hacer mejor. Nuestra casa sería un espacio de libertad, de comunicación de tantas cosas.
Dentro de nuestros temores, estaban todos, y cuando nació, quedaron despejados inmediatamente. Nuestro hijo era normal, hermoso, guapo, todo. Lo único que no habíamos previsto es que fuera sordo.
Nunca habíamos conocido a un sordo, ni en nuestra familia ni en nuestro entorno, así que nos creímos todo lo que nos iban diciendo. Gran parte de su futuro dependía de nuestro trabajo. Podría ser una persona, normal y autónoma, hablaría. Sí, hablaría. Aprendería a. hablar. Ahora no era como antes. Los sordos aprendían a hablar. Sólo se les notaba un poco el acento, como si fuera extranjero, “pero” trabajando mucho se lograban buenos resultados. Era una buen noticia. En realidad no era tan grave el problema, era cuestión de enseñarle a hablar.
El trabajo se planteaba en una dirección. El niño debía tener conciencia de la existencia del sonido. Llenamos nuestra casa de tambores, tabla china, cascabeles... Se trataba de sensibilizarle al sonido, tocando la lavadora, la batidora...: todo aquello que vibrara. El niño deberá fijarse en los labios, debíamos repetir las mismas frases y conseguir que nos mirase la cara.
Pero no había restos auditivos, y el trabajo era ímprobo. De ser un niño que señalaba siempre todo con el dedo, fue retirando su dedo, dejando de señalar las cosas y encerrándose en un mundo aislado.
Poco a poco llegó nuestra frustración y la de los logopedas que ante la ausencia de resultados positivos en el lenguaje empezaron a sospechar de la existencia de otros problemas asociados.
No quiero extenderme en todo lo que ha sido su educación, llena de luces y de sombras, de aciertos y desaciertos, pues no es el objetivo de esta reflexión.
Cuando nació nuestra segunda hija sorda, nueve años más tarde, soplaban otros vientos menos radicales en cuanto a la educación de los sordos, y sobre todo teníamos nosotros una experiencia que no pensábamos repetir. Priorizamos la comunicación desde el primer momento que supimos de su sordera. Nos importaba menos que fuera consciente del sonido que darle una repuesta cuando nos la demandaba, de cualquier manera. Cuando tenía año y medio era capaz de mantener una conversación sencilla con lengua de signos. Hoy cuenta con nueve años, lleva un implante coclear, utiliza la lengua de signos en determinadas situaciones y nunca le ha perjudicado su uso en la adquisición del lenguaje oral, que maneja perfectamente.
Recuperamos la comunicación con nuestro hijo, y día a día crece, aprende y lucha por ser algo en esta sociedad. El problema asociado era fundamentalmente una falta de conexión con la realidad y de comunicación.
Cuando los padres nos enfrentamos a la sordera, si no conocemos nada de ella tenemos que confiar en los profesionales que los atienden. Sin embargo, y al cabo de 17 años en contacto con este mundo de logopedas, profesores especialistas, etc., me doy cuenta que hay demasiada controversia, demasiado maestrillo con su librillo. Por eso la mejor conclusión que he sacado es que todos los métodos tienen algo importante que aportar. Seguir un único sistema puede dar buenos resultados, pero es arriesgado.
Me parece que es importante no perder de vista algunas cosas fundamentales:
Garantizar una buena comunicación desde el primer momento. Al principio será muy importante utilizar gestos, que seguramente poco a poco necesitaremos menos, pero que en muchos momentos pueden representar una buena alternativa.
Garantizar una buena integración familiar. Tenemos que hacer consciente la familia de las dificultades de audición de nuestro hijo, para que todos pongan de su parte y éste pueda participar de la vida familiar en toda su riqueza.
Proporcionarle las mismas experiencias que a los otros hijos en un entorno lo más normalizado posible, pero poco a poco hacerle consciente de su diferencia, al tiempo que le enseñamos que esto no supone que tienen menos derechos que los demás.
Asociarse, para estar al corriente de las nuevas tecnologías, contrastar las informaciones a veces contradictorias en este mundillo, apoyarse mutuamente y poder reivindicar y mejorar las condiciones de nuestros hijos sordos.
En resumen y como conclusión: ser sordo es una grave discapacidad, y la educación de los sordos es una realidad muy cambiante y en permanente discusión. Por eso es importante encontrarnos las familias para poder contrastar la información y, sobre todo, para hacer valer el sentido común como un método muy valioso. Ante la mayor duda que tengamos, el sentido común nos da la respuesta, que casi siempre es la acertada.
Una madre de la Asociación
Eunate.
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Nafarroako gorren familiartekoen eta adiskideen elkartea Travesía
de Monasterio de Iratxe, 2 |